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Opinión

TRAIDORES A LA PATRIA

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En un Ecuador donde la sangre de los inocentes mana como un río envenenado, donde el
narcoterrorismo ciñe sus garras sobre las calles, hay quienes, desde la penumbra de sus
privilegios, alzan la voz no por el pueblo que agoniza, sino por los criminales que lo
despedazan. Abogados y políticos, envueltos en una falsa virtud, tejen discursos de
derechos humanos que apestan a hipocresía, mientras la nación se desangra en una guerra
sin cuartel.

En esta tierra de volcanes y llanto, estos defensores de los delincuentes no son
idealistas: son traidores, enemigos de la patria que han elegido el bando del caos. Desde escritorios pulidos, donde el eco de las balas no llega, proclaman que el debido
proceso es un altar intocable, que incluso el sicario o el narcotraficante merece su día en la
corte.

Pero en un país donde el crimen organizado devora comunidades, corrompe
instituciones y amenaza la soberanía, su retórica es un insulto. ¿Qué democracia defienden
cuando el pueblo vive preso en su propia tierra? ¿Qué justicia pregonan mientras las
madres entierran a sus hijos, víctimas de la violencia que estos falsos humanistas
protegen? Defender a quienes siembran el terror no es humanidad; es una afrenta al dolor
de una nación que lucha por no perecer.

Hablan desde residencias blindadas, donde el aire acondicionado ahoga el calor de la
realidad, mientras el ecuatoriano enfrenta el pánico de enviar a un hijo a la escuela o cerrar
un negocio bajo amenaza de muerte. Su lucha por los “derechos” de los criminales es un
lujo que el pueblo no puede pagar. Cada criminal liberado por un tecnicismo, cada ley
bloqueada por un discurso progresista, es un puñal en el corazón de la patria. En un
Ecuador donde el narcoterrorismo ha declarado la guerra al Estado, estos defensores son
cómplices que perpetúan el caos, ajenos al miedo que impregna los barrios de Guayaquil o
las noches rotas por balas en Esmeraldas.

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¿Qué los mueve? Nadie que ame a su pueblo priorizaría a un asesino sobre un inocente. El
crimen organizado ha tejido redes en tribunales y despachos políticos, comprando lealtades
con sobornos y pactos oscuros. Los abogados que liberan capos por irregularidades, los
políticos que frenan leyes contra el crimen, todos bailan al son de intereses inconfesables.
No son idealistas; son enemigos de la patria, vendidos al narcotráfico que corroe el alma de
Ecuador. Su hipocresía oculta una traición que apesta a codicia.

En este Ecuador , donde la lucha contra el narcoterrorismo define la nación, la verdad es
clara como el filo de una espada: o se está con el pueblo, o con los criminales. Cada
recurso gastado en un delincuente es un robo a las víctimas. Cada minuto perdido en
debates estériles sobre un sicario es un minuto que el pueblo paga con sangre.

Los recursos del Estado deben servir a los inocentes, no a quienes han elegido la violencia. El
pueblo no tolerará más a estos enemigos disfrazados de humanistas. Ecuador exige que los
traidores sean desenmascarados, sus motivaciones expuestas, su complicidad castigada.

No es momento de palabras que disfracen la cobardía. La patria clama por líderes que
enfrenten el crimen con ferocidad, que prioricen a los inocentes sobre tecnicismos legales,
que defiendan la nación con coraje. Los enemigos de la patria, los que defienden a los
delincuentes, no merecen clemencia: merecen el juicio implacable de un pueblo que no
olvidará su traición.


Marco Nahum Montes

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